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27 Mayo 2008

APUNTES PARA UNA BIOGRAFIA DE CELEDONIO FLORES




Pese al crecido número de autores que nutre la poesía de tango contursiano de los primeros años, pocos alcanzaron la talla y la perdurabilidad de Celedonio Flores, el inolvidable poeta de Villa Crespo, que, además de poeta, fue - como Cátulo Castillo, como Alcídes Gandolfi Herrero, como Juan Carlos Lamadrid- boxeador, y de los buenos.

Con el apelativo de Kid Cele, llegó a disputar en 1923 el título nacional de los plumas, que perdió a manos de Mario Reilly. También fue recitador criollo y de sus propios versos. Y además de su obra cancionística publicó tres libros: Chapaleando barro, Cuando pasa el organito y la obra teatral en verso La musa mistonga de los arrabales.

Nacido en Talcahuano y Rivadavia el 3 de agosto de 1896, Flores se inició en la poesía apenas salido de la niñez. A los 15 años se mudó a Villa Crespo. O sea que hizo el camino inverso del tango, fue del centro al barrio. En sus comienzos se adscribió a la retórica modernista, principalmente a través de la línea de su admirado Rubén Darío. Sin embargo, fue uno de los primeros en reaccionar contra ella, volviendo (como Carriego) sus ojos adolescentes a la realidad inédita del mundo suburbano.

Debemos decir que el modernismo fue un movimiento literario surgido en Hispanoamérica en las últimas décadas del siglo XIX, que ponía el acento en la inactualidad, el paganismo, el exotismo: princesas y caballeros medievales, trovadores, fantasías orientales, las cortes francesas: Versalles, el Trianon, fueron sus tópicos habituales. Es decir que la realidad modesta y cotidiana del barrio, los personajes que el poeta encontraba a la vuelta de la esquina, estaban ausentes de esa poética, enemiga de todo lo que tuviera aliento popular, por ser considerado vulgar. Por eso en el prólogo de Prosas profanas (1896) dirá Rubén Darío:

¿Hay en mi sangre alguna gota de sangre de Africa, o de indio chorotega o nograndano? Pudiera ser, a despecho de mis manos de marqués; mas he aquí que veréis en mis versos princesas, reyes, cosas imperiales, visiones de países lejanos o imposibles; ¡qué queréis!, yo detesto la vida y el tiempo en que me tocó nacer...

Sin embargo, no todo es censurable en el modernismo ya que entre sus logros podemos mencionar las innovaciones estilísticas y rítmicas. Fue “un viento renovador en el orden estético”, diría Hernández Arregui (“Imperialismo y Cultura”).

Como decíamos, Carriego y en alguna medida Enrique Banchs (el de los tres esbozos ciudadanos), son los primeros en reaccionar contra esa evasión hacia un mundo de princesas pálidas, marqueses empolvados, lagos, parques versallescos, etc. En una página de su libro “Otras Inquisiciones” (“Nota sobre Carriego”, 1952), Borges describe esa reacción en Carriego:

Un día entre los días del año 1904, en una casa que persiste en la calle Honduras, Evaristo Carriego releía con pesar y con avidez un libro de la gesta de Charles de Baatz, señor de Artagnan. Con avidez, porque Dumas le ofrecía lo que a otros le ofrecen Shakespeare o Balzac o Walth Withman, el sabor de la plenitud de la vida; con pesar, porque era joven, orgulloso, tímido y pobre, y se creía desterrado de la vida. La vida estaba en Francia, pensó, en el claro contacto de los aceros o cuando los ejércitos del Emperador anegaban la tierra, pero a mí me ha tocado el siglo XX, el tardío siglo XX, y un mediocre arrabal sudamericano... En esa cavilación estaba Carriego cuando algo sucedió. Un rasguido de laboriosa guitarra, la despareja hilera de casas vista por la ventana, Juan Muraña tocándose el chambergo para contestar a un saludo (Juan Muraña que anteanoche marcó a Suárez el chileno), la luna en el cuadrado del patio, un hombre viejo con un gallo de riña, algo, cualquier cosa. Algo que no podremos recuperar, algo cuyo sentido sabemos pero no cuya forma, algo cotidiano y trivial y no percibido hasta entonces, que reveló a Carriego que el universo ( que se da entero en cada instante, en cualquier lugar, y no solo en las obras de Dumas) también estaba ahí en el mero presente, en Palermo, en 1904.

Si cambiamos Palermo por Villa Crespo y 1904 por alguna década más tarde, podemos decir que hablamos de Celedonio Flores, quien también va a volver sus ojos al barrio, y no sólo sus ojos también sus oídos. Por eso va a escribir en lunfardo, o, más que en lunfardo, en arrabalero, en compadre, en el lenguaje habitual de la gente del suburbio, utilizando el voseo que sus colegas “pitucos” desestimaban. El lo explica en su poema Musa rea:

No tengo el berretin de ser un bardo

Chamuyador letrao ni de spamento;

Yo escribo humildemente lo que siento

Y pa escribir mejor lo hago en lunfardo.

Yo no le canto al perfumado nardo

Ni al constelao azul del firmamento

Yo busco en el suburbio sentimiento

¡Pa cantarle a una flor, le canto al cardo!

jcjara

(Continuará)

Tags: celedonio

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Sobre mí

Nací en Avellaneda, me crié en San Francisco Solano y estoy radicado en La Plata desde 1982. Soy profesor de Historia, recibido en la UNLP, y me he desempeñado conduciendo programas de Tango, otra de mis pasiones, en radio Provincia de Buenos Aires (AM 1270), emisora pública del primer estado argentino, en cuya discoteca cumplo funciones desde hace más de tres lustros. He publicado “Rivadavia, las provincias y la burguesía comercial porteña” (1999), en colaboración con Norberto Galasso, y participé, con una decena de biografías, del volumen conjunto “Los Malditos” (editorial Madres de Plaza de Mayo, 2005). En 2006 obtuvo el primer premio en el concurso organizado por el SIESE de Córdoba, con la monografía “Manuel Ugarte, precursor del nacionalismo popular”. También cultivo la poesía de temática popular y lenguaje coloquial urbano. En este carácter he logrado en el año 2000 el primer premio del concurso organizado por el Círculo de Poetas Lunfardos de la ciudad de Buenos Aires, dependiente de la Academia Porteña del Lunfardo. Tengo en preparación una “Historia social del tango” y una biografía del poeta y músico Cátulo Castillo.

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